Acá estoy, de vuelta, sin muchas ganas de escribir, pero escribiendo igual. Me desmotivé bastante con la lectura (y, de paso, con la escritura) por culpa de un libro de filosofía que me quedó grande: difícil de leer y más difícil de entender, al menos para mi nivel.
Igual decidí dejar de procrastinarlo y acá estamos. Hoy no va a ser un blog largo ni técnico, sino un poco más breve y profundo.
Estas semanas estuve muy quejón. Y cuando lo miro en retrospectiva, con todas las quejas que me hago, la verdad es que soy un afortunado.
Me quejo de tener que trabajar un sábado a las 23hs, cuando debería estar agradecido de tener trabajo siendo independiente.
Me frustro perdiendo en un juego de mesa, cuando tengo el tiempo para jugarlo y amigos con quien compartirlo.
Quiero romper un palo cuando hago triple bogey o pego un slice bananero, cuando puedo jugar al golf a menos de 10 metros de mi casa.
Quiero desaparecer y extraño la tranquilidad de vivir solo, cuando tengo una familia que me quiere y me banca todas las locuras.
Me quejo de hoy no poder viajar, cuando ya sé lo que es animarse a hacerlo solo y volver entero.
Cuando vivía con mi abuelo, me quejaba de que me repetía siempre la misma historia. Hoy daría lo que fuese por volver a escucharla.
Soy —y creo que todos somos— tan susceptible a enojarme con cosas que todavía tengo: el ruido, los inconvenientes, la repetición. Y cada una de esas frustraciones es, en el fondo, una bendición disfrazada.
No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Recién ahí nos arrepentimos y aprendemos a ser un poco más agradecidos, pero ya tarde.
Se trata de estar presente. Lo que más me frustra hoy quizá sea, mañana, lo que más extrañe.
Así que, antes de que la vida me lo siga enseñando por las malas, voy a empezar a valorar un poco más este caos. El ruido, las molestias, todo. Eso es vivir.